Un año después del apagón: qué nos enseñó sobre la energía

Actualidad · 28-04-2026 · 6 min de lectura
Un año después del apagón: qué nos enseñó sobre la energía

El 28 de abril de 2025, a las 12:33 del mediodía, España y Portugal se quedaron sin electricidad. Treinta y seis millones de personas, quince mil megavatios desconectados en apenas cinco segundos, horas de oscuridad para hogares, comercios, hospitales y trenes. Un año después, hay una parte de aquel día sobre la que el sector ya tiene respuestas claras. Y hay otra parte, menos visible en los titulares, que sigue siendo la conversación importante.

Lo que dicen los informes

Cuatro análisis oficiales —del Comité 28-A creado por el Gobierno, de Red Eléctrica como operador del sistema, y los del gestor europeo ENTSO-E, junto al de la CNMC— coinciden en el diagnóstico técnico. El apagón no fue un ciberataque, no fue culpa de las renovables, no fue un fallo de tecnología inexistente. Fue una sobretensión que provocó la desconexión en cascada de la generación, derivada de un control insuficiente de tensión y de una sucesión de respuestas operativas que no contuvieron el problema cuando aún era contenible.

Los informes coinciden también en algo más incómodo: era evitable. Las herramientas técnicas, regulatorias y operativas para haberlo prevenido existían el 28 de abril de 2025. Las recomendaciones que se han publicado desde entonces apuntan en cuatro direcciones: reforzar el control de tensión, ampliar la capacidad de almacenamiento, mejorar las interconexiones con Francia y exigir el cumplimiento de obligaciones técnicas a todos los actores del sistema.

Esa es la parte cerrada. La que el sector debe seguir trabajando y que requiere voluntad política, regulatoria y técnica.

Lo que el apagón desplazó

Al margen del expediente técnico, aquel día movió algo en la conversación pública sobre energía. Durante años, la transición energética se había contado en clave de fuentes: cuánta solar, cuánta eólica, cuánto gas. El apagón obligó a formular otra pregunta: ¿qué pasa cuando todo el sistema, independientemente de qué lo alimente, descansa sobre una única red centralizada que puede fallar a la vez?

En 2025, las renovables generaron el 55,5% de la electricidad española, según Red Eléctrica, y la solar fotovoltaica marcó un récord histórico anual. España es ya el segundo país europeo con mayor presencia de solar y eólica, solo por detrás de Alemania. Esa transformación es real y está consolidada.

Pero los mismos datos oficiales muestran otra realidad menos cómoda: la potencia de almacenamiento apenas representa el 2,3% del parque instalado nacional. Es una asimetría importante. Tenemos generación renovable abundante. Lo que aún no tenemos, ni de lejos, es la capacidad de almacenarla y gestionarla en el punto donde se consume.

La conversación que se hizo concreta

Aquel 28 de abril, algunas empresas y hogares siguieron funcionando con normalidad. La nevera no se apagó, los procesos productivos no se interrumpieron, los niños pudieron seguir con los deberes. No fue suerte: tenían placas y batería. Generaban parte de su energía y almacenaban parte de la que generaban. Mientras la red de transporte estaba caída, ellos seguían produciendo y consumiendo localmente.

Conviene aclarar algo: una batería no es una "garantía contra apagones". No lo es. Cada instalación tiene un dimensionamiento concreto, una autonomía limitada, y depende de cómo se haya pensado el conjunto. Lo relevante de esa imagen no es la promesa de un escudo, sino que ilustra un cambio de arquitectura que el sistema eléctrico va a tener que adoptar antes o después, con o sin nuevos incidentes.

La generación distribuida —autoconsumo bien dimensionado, baterías domésticas e industriales, gestión local de la energía— no compite con la red. La complementa. Reduce la dependencia de un único punto de fallo, alivia la presión sobre el sistema centralizado y permite a casas y empresas tomar parte activa en su propia ecuación energética, en lugar de ser solo destinatarios pasivos de lo que ocurre aguas arriba.

De cambio de fuentes a cambio de arquitectura

La transición energética se ha contado durante años como un cambio de combustible. Salimos del carbón y del gas, entramos en el sol y el viento. Es verdad y es importante, pero es solo una parte del relato.

La otra parte es un cambio de arquitectura. De un sistema concebido a mediados del siglo pasado —grandes centrales que producen lejos y transportan a través de una red que entrega a millones de puntos pasivos— a un sistema más distribuido, donde cada tejado, cada nave industrial, cada comunidad puede ser parte de la generación y del almacenamiento. Donde la red sigue siendo imprescindible, pero ya no es el único lugar donde se sostiene el equilibrio.

El apagón del 28 de abril no provocó ese cambio. Llevaba años en marcha. Pero lo hizo visible para mucha gente que hasta entonces lo había leído como un debate abstracto: tener parte de tu energía generada y gestionada localmente no es un capricho ni una moda, es una forma más madura y más resiliente de relacionarse con la electricidad.

Lo que sigue importando

Doce meses después, el debate sobre el apagón sigue abierto en lo que toca a responsabilidades, costes y regulación. Hace falta cerrarlo bien. Pero la conversación útil para hogares y empresas no está exactamente ahí. Está en la pregunta concreta que cada uno puede hacerse: cuánto de mi energía la genero yo, cuánto la almaceno yo, cuánta dependencia mantengo y cuánta puedo reducir.

Esa pregunta no tiene una sola respuesta. Depende de cada caso, de cada cubierta, de cada perfil de consumo. Pero es la que de verdad cambia las cosas, mucho más que cualquier titular sobre el aniversario de un día que ninguno habíamos vivido antes y que pocos querríamos volver a vivir.

Cuidar de tu energía empieza por entenderla. Y por decidir, con la información delante, cuánta autonomía quieres tener sobre ella.

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